El templo de las nuebes

De todos los templos que recorrí en Tailandia, el Wat Doi Suthep fue el que más me movilizó.
Se encuentra al norte del país, cerca de la ciudad de Chiang Mai, y es uno de los más venerados.
Recuerdo que ascendimos a este templo enclavado en la montaña con un taxi, que ya de por sí es una experiencia porque en este lugar del planeta los taxis son camionetas abiertas con asientos enfrentados y durante el trayecto fuimos cantando entre curva y curva para distraernos y no marearnos con el camino sinuoso.
Las nubes y el olor a incienso nos invadieron apenas llegamos, y poco a poco nos fuimos contagiando de la atmósfera sagrada del lugar.
Nuestra Guía se llamaba Opal y nos acompañó en todo nuestro periplo por Tailandia. Nos explicó las características de este templo y las costumbres de los peregrinos que llegaban hasta allí, invitándonos a practicarlas.
Si hay algo que caracterizaba a Opal era el poder de trasmitir con pasión todo lo que contaba, así que de repente allí estábamos, siendo parte de su tradición religiosa, dando tres vueltas alrededor de la estatua central y realizando una pequeña procesión en silencio.
Lo increíble fue que al practicar ese ritual pude sentir una conexión especial y una paz mental muy difícil de lograr de otra forma. Presiento que a todo el grupo le sucedió algo parecido en esa breve experiencia de 5 minutos, pero lo suficientemente intensa como para sentir la energía del lugar.
Posteriormente nos acercamos a un pequeño altar donde las personas se situaban en fila frente a unos pequeños candelabros. Siguiendo el orden debíamos tomar el aceite caliente que derramaban y con otra plegaria lo volvíamos a volcar sobre la vela.
En un intento por retratar con mi cámara los rincones mágicos de ese lugar entré a una sala donde la gente se arrodillaba frente a un monje, que amablemente me invitó a pasar.
Sin entender demasiado lo que sucedía recibí su inesperada bendición y una gran sonrisa cuando le dije que era de Argentina.
Como colorario, y en el afán de llevarme un mensaje más de este gran templo, participé de la última tradición: frente a una estatua de buda repleta de ofrendas había un cuenco lleno de palitos. Cada uno llevaba un número que a su vez estaba asociado a un mensaje, como una forma de conocer el futuro.
Finalmente llegó mi turno, y después de agitar el cuenco cayó un palito con el número 11.
Terminé mi visita al Wat Doi Suthep descendiendo los 309 escalones de este templo mágico, con un presagio de buena suerte en mi mano y mi deseo ferviente por que se cumpla.

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